Los moderados de la Revolución Francesa

La Revolución francesa fue un acontecimiento único que dio inicio a la era contemporánea en la que nos encontramos. Siempre se recuerda a la Revolución francesa como el fin del Antiguo Régimen y el nacimiento del Estado liberal, así como la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. También se suele recordar los excesos que se llevaron a cabo durante el ‘reinado del terror’ (1793-1794) y que fue el origen del eje izquierda-derecha cuando los diputados votaban si el Rey tenía poder de veto sobre la Asamblea o no, pero pocas veces se ha prestado atención a las ideas políticas de un grupo de moderados que marcaron también los inicios del centro político. En este artículo hablaremos del grupo de los ‘monarchiens’ (monarquianos) y el Conde de Mirabeau, así como de los ‘feuillants’ (fuldenses). Todos ellos fueron los moderados de la Revolución.

Los ‘monarchiens’, que ocupaban el espacio del centro y centroderecha, defendían el modelo inglés, con un Rey que tuviera derecho de veto absoluto sobre las leyes propuestas por la Asamblea, así como instituir dos cámaras: Asamblea y Senado. El líder de este grupo era Mounier y contaba con otros hombres como, Malouet, Clermont-Tonnerre y Lally-Tollendal (Furet & Ozouf, 1989:363). Necker, ministro de Luis XVI, también defendía este modelo. Según la lógica de Malouet, el veto, incluso siendo absoluto, jamás podría usarse contra la voluntad general, ya que representaba efectivamente la voluntad de la nación. Por lo tanto, el veto garantizaría que no se produjera ninguna desviación de la voluntad nacional y solo lo usaría el rey cuando temiera que la Asamblea Nacional se hubiera desviado de la representación de los intereses de sus electores (Robitaille, 2008:127). Al final lo que buscaba este grupo era un equilibrio de poderes para que el poder de la Asamblea no se volviera en absoluto y acabase en el despotismo.

El Conde de Mirabeau, si bien también era partidario del equilibrio de poderes, no pertenecía al grupo anterior. Era un verso suelto que defendía el veto real absoluto pero una sola cámara. Mirabeau defendía la soberanía nacional y quería evitar que un solo poder monopolizara a todos los demás, de ahí su defensa del veto real absoluto, pero esta situación le llevó al fracaso porque quería encarnar la revolución y el Rey, cuando la revolución rechazaba al Rey y el Rey rechazaba la revolución (Rioux, 2011). En la filiación doctrinal de Mirabeau se mezclaban el pensamiento iusnaturalista y enciclopedista francés con el pensamiento constitucional británico. El influjo del primero le llevó a defender algunas tesis caras a los «patriotas», como la soberanía de la Nación y, por tanto, su poder constituyente (aunque Mirabeau prefiriese hablar de la «soberanía del pueblo»), así como la articulación de una sola Cámara legislativa. El impacto del segundo le aproximó a los «anglómanos» y le condujo tanto a defender la necesidad de «positivizar» los derechos «naturales» como a tratar de conciliar la historia y la razón y, por tanto, los dos sujetos que una y otra encamaban: el monarca y la nación, con el objeto de nacionalizar la monarquía y de articular, por consiguiente, una monarquía popular.  Sin embargo, su tesis más importante, la construcción de una monarquía parlamentaria, integradora, moderna, siguiendo el ejemplo británico, aunque no a pies juntillas, sino adaptándolo a la realidad francesa, sería retomada poco después de su muerte por los «feuillants» (Varela, 2015).

Una vez aprobada la Constitución de 1791, donde se establecía una única cámara y un veto real suspensivo, surgió un grupo de moderados denominados ‘feuillants’ (nombre del convento donde se reunían) que, con la obra constitucional ya realizada, querían terminar la revolución y preservarla de todo exceso mediante la restricción de la libertad y la igualdad. Estaba formado por el ‘triunvirato’ de Barnave, Duport y Lameth (Castells, 1997:85). A la muerte del Rey, lo esencial para este grupo era evitar que la obra de la Constituyente pueda abrir paso a un régimen republicano; evitar que la pasión por la igualdad ponga en peligro la libertad, la propiedad, la integridad del cuerpo social y la continuidad del gobierno. Su programa era restablecer la fuerza pública, revisar la Constitución reforzando los poderes del rey y elevando los niveles del sufragio censitario (Furet & Ozouf, 1989:233). Fueron los últimos moderados de la Revolución.

Ya en la época de la Convención, la mayoría la formaba la Llanura o, como decían sus detractores, el Marais (pantano), y encarnaban la continuidad de la revolución burguesa. Sus cabezas políticas –un Barère, un Cambon, un Sieyès- se sentían cerca de la Gironda cuando se trataba de defender la propiedad y la libertad contra los excesos de la izquierda. Pero su enemigo principal seguía siendo la aristocracia, la contrarrevolución, y, llegada la hora del peligro, apoyarían los esfuerzos excepcionales pedidos por la Montaña (Furet & Richet, 1988:206).

La Revolución francesa acabó con el Antiguo Régimen pero también demostró que el poder, si no se limita, puede llevar al despotismo absoluto. Los ‘monarchiens’ y el Conde de Mirabeau fueron los primeros en ver el peligro que suponía una única asamblea que concentrara todo el poder, por eso se basaron en el modelo inglés de equilibrio de poderes. No tuvieron éxito y cuando se aprobó la Constitución de 1791 que establecía una monarquía constitucional, los nuevos moderados, los ‘feuillants’, se pusieron como objetivo terminar la Revolución, pero tampoco tuvieron éxito. Estos moderados tendrían que esperar hasta la monarquía de julio en 1830 para ver cómo se ponía en práctica su modelo defendido cuarenta años antes.

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