El centro en la Segunda República
Hace 90
años empezó una de las peores guerras en España, la Guerra Civil.
Iniciada por un golpe de Estado contra el gobierno del Frente Popular,
la guerra dividió a los españoles en dos bandos irreconciliables. El
enfrentamiento entre izquierdas y derechas durante la Segunda República llegó
hasta al punto de legitimar la violencia contra el adversario. Ahora bien, ¿hubo
actores políticos que defendieron la reconciliación entre españoles y el
respeto al adversario? Sí, aunque de ellos no se ha escrito tanto. Había
partidos de centro en la Segunda República que no se podían ubicar en
ninguno de los dos bandos, ya que ofrecían una vía intermedia entre izquierda y
derecha. En este artículo haremos un breve repaso de ellos. Estos partidos
fueron, el Partido Radical de Alejandro Lerroux, la Derecha
Liberal Republicana de Niceto Alcalá-Zamora, más tarde llamado Partido
Republicano Progresista por la escisión de Miguel Maura, el Partido
Republicano Liberal Demócrata de Melquíades Álvarez y el Partido
del Centro Democrático de Manuel Portela.
Empezamos
por el Partido Radical, único partido que estuvo gobernando junto a la
izquierda en el primer bienio y con la derecha en el segundo. A pesar de
llamarse “radical” y de los inicios revolucionarios de su líder, al inicio de
la Segunda República el partido estaba en contra de la revolución y
defendió que los republicanos tendrían que estar apoyados por todos los
sectores de la sociedad y así lograr una transición pacífica hacia la
república. Las reformas que implantó la República en los primeros meses
(jurados mixtos, jornada de 8 horas, nuevas escuelas, modernización del
ejército) contaron con el apoyo del Partido Radical. No obstante, el
énfasis de los radicales en la reconciliación en vez de la reforma como la
clave para la consolidación de la república, les alejó de sus aliados
republicanos de izquierdas y socialistas. Los radicales pensaban que para la
estabilización del régimen había que ganarse a las clases medias y también
defendían la entrada de la CEDA en el gobierno para consolidar el
régimen. Lo que echó a perder el equilibrio de los radicales con la derecha
fueron los levantamientos de octubre de 1934. Esto hizo desplazar el poder
hacia la derecha y ésta cada vez se volvía más reaccionaria. A pesar de que los
radicales consiguieron no ceder ante las peticiones más extremas de la derecha
sobre la represión a los sublevados de octubre, se les vio como un mecanismo de
represión, especialmente centrado en Azaña y manteniendo la censura
durante un tiempo muy largo. Los escándalos de corrupción como el caso del Straperlo
y el caso Tayà acabaron con el partido (Towson, 2002).
El segundo
partido en importancia a nivel electoral fue la Derecha Liberal Republicana
de Niceto Alcalá-Zamora y Miguel Maura, más tarde llamado Partido
Republicano Progresista por la escisión de este último. Este partido
defendía que la articulación del Estado debía ajustarse a los
postulados del liberalismo democrático. Estos eran la separación y el
equilibrio de poderes; el respeto a la conciencia individual, sin persecuciones
ni privilegios para ninguna confesión religiosa y con una separación concordada
entre el Estado y la Iglesia Católica; la garantía del derecho de propiedad, si
bien limitado por las exigencias de la sociedad moderna, y de la iniciativa
individual sin intervencionismos estatales asfixiantes y la libertad de
enseñanza. La República debía optar por la autonomía regional, siempre que sea
compatible con la permanencia de la superior unidad de la nación española
(Íñigo, 2000:91). Antes de proclamarse la Segunda República, en
las reuniones del Comité Revolucionario, Maura y Alcalá-Zamora
estaban convencidos de que la República sólo podría arraigar con fuerza en
España si iniciaba su andadura con una exquisita moderación. Rechazaban con
firmeza cualquier cambio demasiado brusco, por creerlo susceptible de provocar
una reacción violenta de signo contrario capaz de dar al traste con la
República misma (Íñigo, 2000:100).
Otro
partido de centro que hubo en la Segunda República fue el partido
liderado por Melquíades Álvarez, el Partido Republicano Liberal
Demócrata. La moderación sería uno de los rasgos más característicos del
partido, el cual se declaraba como reformista. Tal como lo interpretaban sus
líderes, ser reformista significaba rechazar toda solución radical a los
problemas del país, al que se pretendía sacar de su atraso por medio de la
aplicación lenta y progresiva de reformas eficaces, pero a la vez equilibradas
y respetuosas siempre con los principios de la democracia liberal, pues la
introducción de medidas demasiado avanzadas no podía sino generar en la
sociedad una respuesta de rechazo capaz incluso de producir una involución.
Pero también era un objetivo fundamental de esas reformas apartar de la
tentación revolucionaria al proletariado consciente y organizado. Así, como los
republicanos de izquierda, el melquiadismo será, en lo social, liberal, pero
mientras aquellos van aceptando un papel creciente del Estado en la economía,
este criticará el despilfarro del gobierno y mirará con recelo los subsidios. En
el tema territorial, no aceptaban una autonomía distinta de la puramente
administrativa, viendo por ello en cualquier petición de autogobierno autónomo
un intento encubierto de separatismo. Como la izquierda, deseaba reformas,
pero, como la derecha, pretendía ralentizar su aplicación porque teme por el
orden social; simpatiza con las reivindicaciones obreras, pero teme que se
radicalicen en exceso; hace gala de su laicismo, pero rechaza sin embargo el
anticlericalismo radical de la izquierda, del mismo modo que el clericalismo
trasnochado de la derecha; republicano, no cree que la República deba ser otra
cosa que la quintaesencia de la democracia, con sitio para todos los españoles.
A lo largo de la Segunda República el partido realiza un considerable
viraje hacia la derecha, mucho más manifiesto en la táctica que en la ideología,
que no parece sufrir modificaciones (Íñigo, 1995).
Por
último, nos queda el Partido de Centro Democrático, un partido creado
desde el poder por el presidente de la República Alcalá-Zamora y el
presidente del gobierno Manuel Portela. Su
misión era organizar las elecciones que finalmente se celebraron en febrero de
1936 e intentar lograr en ellas una minoría de centro con peso en las Cortes.
Esa minoría debía ejercer como bisagra y contrapunto moderador de las
tendencias polarizadas que dominaban el escenario, amortiguando los choques
parlamentarios entre los bloques de izquierda y derecha. Defendían la
democracia; la libertad; la tolerancia y el mutuo respeto ciudadano; la
justicia social, entendida como la defensa de las aspiraciones del trabajador y
que tuviese como objetivo mejorar las relaciones de terratenientes y
campesinos; el respeto a la Constitución, que se modificaría únicamente
siguiendo los cauces establecidos en ella para tal fin, y la libertad de
conciencia, que se definía como un «sincero respeto para las creencias y
sentimientos religiosos» en general (incluida la ausencia de religión), con la
consideración especial que merecía la profesada por la mayoría de los españoles
(Mera, 2011).
Como
hemos visto, en la Segunda República hubo actores que apostaron por la
moderación y por construir una República para todos los españoles, alejados de
los extremos de izquierda y derecha. La polarización política y los escándalos
del Partido Radical llevaron a estos actores a conseguir una
representación muy minoritaria en las elecciones de 1936. Iniciada la Guerra
Civil, los miembros de estos partidos centristas fueron sospechosos por
ambos bandos, hasta el punto de que, por ejemplo en el caso de Melquíades
Álvarez, fue asesinado por un grupo de anarquistas mientras estaba preso.
La Guerra Civil constató que el centro político, que había obtenido una
representación importante durante la Segunda República, había desaparecido.
Comentarios
Publicar un comentario