La Constitución de 1876 y el inicio de la Restauración
Este año se
celebran 150 años de la proclamación de la Constitución de 1876, la cual hasta
hace poco era la más longeva de todas las constituciones españolas (superada
hace poco por la Constitución actual de 1978). Este aniversario se merece un
breve artículo sobre las ideas que profesaba el principal artífice de la
Restauración, Cánovas del Castillo, así como una breve reseña histórica
de como fue posible ese sistema.
A
consecuencia de la inestabilidad en la Primera República (1873-1874), muchos
sectores sociales empezaron a querer un gobierno que garantizara el orden, el
crecimiento económico y la gobernabilidad. Los progresistas sabían que habían
fracasado. El clima era favorable a una alternativa política que defendía el
orden, la estabilidad, la seguridad. De forma paralela, el 1 de diciembre de
1874 vio la luz el Manifiesto de Sandhurst, el programa político de Cánovas
y firmado por el futuro rey, Alfonso XII. Era una propuesta monárquica,
integradora, en el que cabían todas las opciones, siempre que aceptaran el
sistema. Buscaba el consenso entre las diferentes fuerzas sociales para
alcanzar la estabilidad y acabar con los levantamientos militares. Cánovas,
si bien no descartaba un golpe militar para restaurar la monarquía, prefería
que se produjera por proclamación de las Cortes. El 28 de diciembre, el general
Martínez Campos marchó sobre Sagunto y el 29 proclamó la monarquía de Alfonso
XII. El gobierno no ofreció resistencia (Elizalde, 2002).
El
pronunciamiento de Martínez Campos no agradó a Cánovas, el cual
recibió una carta del general el 27 de diciembre de 1874 donde decía: “Cuando
reciba usted esta carta habré iniciado el movimiento en favor de Alfonso XII”
(González-Doria, 1986:177). La monarquía había vuelto y era el momento de poner
en práctica el modelo de Cánovas. Fiel heredero de la tradición
conservadora liberal, el proyecto canovista admitía, de un modo pragmático,
aquellas transformaciones políticas y sociales que parecían irreversibles; pero
intentaba conservar al mismo tiempo, determinadas concepciones e instituciones
tradicionales (González Cuevas, 1998:57).
El
pensamiento de Cánovas representaba la tradición liberal doctrinaria. Doctrinaria
era la Monarquía constitucional concebida como un pacto entre el Rey y la
representación nacional; doctrinaria era la tesis del sufragio censitario por
la capacidad económica y la capacidad intelectual; doctrinaria era, por último,
la limitación de los derechos individuales. Es decir, soberanía nacional, pero
concertada con la soberanía histórica del Rey; sufragio, pero restringido por
condiciones que aseguren el predominio de la prosperidad y la inteligencia;
libertad, pero limitada para prevenir sus abusos y salvaguardar el orden social
(Sánchez Agesta, 1974:333).
En la Constitución de 1876 también se
puede observar la idea de Cánovas de “constitución interna” de España, basada
en la fórmula doctrinaria de la soberanía compartida entre el Rey y las Cortes.
Era la fórmula que expresaba la soberanía nacional decantada durante una
larguísima historia y no podía, apelándose a la razón democrática, ponerse en
entredicho. De ahí que Cánovas sostuviese repetidas veces que Alfonso
XII no llegaba al Trono por una votación parlamentaria. No se trataba,
pues, de «instaurar» una Monarquía nueva, sino de «restaurar» la única
Monarquía legítima. (Varela, 2010). Para Cánovas, la soberanía
nacional es ejercida por las Cortes con el rey. Y es ejercida por estas dos
instituciones, verdaderos pilares de la constitución interna, porque a lo largo
de la historia, desde la Edad Media, la nación española hizo dejación de su
soberanía en las Cortes y en el Rey, formando un binomio de identidad absoluta.
Y esta delegación no puede ser revocada. (Álvarez Conde, 1977).
Estaba claro que Cánovas iba a liderar el Partido Conservador pero, ¿quien sería su competidor? Para que el sistema funcionase, se necesitaba otro partido. El Partido Constitucional de Sagasta era sin duda el que estaba en mejores condiciones para integrarse en la Restauración alfonsina. De una parte, estaba la moderación de su ideario, aceptable en un alto grado para el liberalismo conservador -los constitucionales se marcaban como techo reformista la Constitución de 1869 y las leyes orgánicas que la desarrollaban, y se presentaban como defensores de la familia, la propiedad y el orden, para lo cual estaban dispuestos a poner algunas restricciones al disfrute de las libertades individuales-, y, de otra, la convicción creciente en ellos de que el fracaso del Sexenio demostraba que cualquier proyecto de instaurar una monarquía constitucional estable precisaba del consenso previo con las fuerzas conservadoras agrupadas en torno al político malagueño (Milán 2003).
Finalmente, la aceptación de la doble soberanía por los sagastinos y de la incorporación de los derechos individuales al Código fundamental por los canovistas, surgiría una Constitución, si no consensuada -como la de 1978-, si respaldada luego por el consenso, y cuya virtud esencial era el transaccionismo. Cánovas había logrado una síntesis entre la tesis del tradicionalismo histórico y la antítesis revolucionaria. La rotación solo se inició, definitivamente, en 1885. Sólo dos años antes quedó claro quién era titular del <<centro-izquierda>> en el sistema centro plasmado en la Restauración (Seco, 2000:246).
Durante la
Restauración, Cánovas y su partido tenían que extenderse hacia la
derecha, mientras que los liberales tenían que hacerlo a su izquierda para
ampliar la zona de aquiescencia a la monarquía constitucional. Antiguos
progresistas, demócratas y unionistas liberales de izquierda, crearon un
partido liderado por Sagasta. Dentro de la Constitución de 1876, Sagasta
y su partido incorporaron las conquistas liberales: sufragio universal, el
jurado, leyes de prensa y asociación. La tarea que le correspondía dentro del
sistema de la Restauración era la absorción del radicalismo, la neutralización
del republicanismo y el suministro de un refugio político para los que huían de
los aliados derechistas de Cánovas. (Carr, 2000:344).
El sistema canovista y la Constitución
de 1876 duraron hasta 1923, año del golpe de Estado de Primo de Rivera,
lo que la convirtió en la Constitución más longeva hasta entonces, solo
superada por la Constitución actual de 1978. El sistema de la Restauración dio una
gran estabilidad al país hasta la crisis que se inició en 1898 por la pérdida
de las colonias. Todos los intentos de regenerar el sistema fracasaron y no se
pudo evolucionar hacia una monarquía parlamentaria. Finalmente, la monarquía
que se instauró con la Constitución de 1876 murió cuando Alfonso XIII
apoyó la dictadura de Primo de Rivera.
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