Sobre la revolución de 1868
Hace 158 años que tuvo lugar en España
la Revolución de 1868, llamada La Gloriosa. Esta revolución acabó con la
dinastía de los Borbones e inició el proceso histórico que conocemos como
sexenio democrático. Una vez aprobada la Constitución de 1869 y que nombraba a
España como una monarquía, Amadeo de Saboya fue nombrado como Rey de
España hasta que, en febrero de 1873, harto de los políticos españoles se
marchó y dio paso a la I República. En este artículo analizaremos cómo
se fraguó esa revolución y por qué la nueva monarquía fracasó y dio paso a la
república.
Era 1866 y el Partido Progresista
y el Partido Demócrata, sintiéndose excluidos del sistema del régimen de
Isabel II, pactaron en Ostende (Bélgica) derrocar a la Reina y formar un
gobierno provisional para convocar una asamblea constituyente elegida por
sufragio universal masculino. Se aceptaba que el general Prim sería el
presidente y acabar con la dinastía de los borbones, si bien la decisión entre
monarquía y república se decidiría en las Cortes (Villacañas 2015). Aún quedaba
la Unión Liberal, que había gobernado en años anteriores y su general O’Donell,
que se negaba a la revolución contra los borbones, pero su muerte en 1867 vino
a levantar la última barrera que impedía el entendimiento de la Unión
Liberal con los progresistas, condición indispensable para que la
revolución triunfara. Con la muerte de Narváez el 23 de abril de 1868,
la reina se vio sola (Duran, 1979:337). De esta manera, unionistas,
progresistas y demócratas se unieron para derrocar a los borbones. La
revolución de 1868 tuvo éxito, la Reina se exilió y se convocaron Cortes
Constituyentes para principios del año siguiente.
El nuevo gobierno provisional, presidido por el general Serrano consiguió mayoría en las elecciones de enero de 1869. La composición de esas Cortes, de forma aproximada era de 160 progresistas, 80 unionistas, 80 republicanos federales, 40 demócratas, 30 carlistas, tres unionistas fieles a los Borbones y dos republicanos unitarios. Como vemos, los progresistas eran el grupo más numeroso en la cámara y la Constitución de 1869, que incluía el sufragio universal masculino y la monarquía, producto de una transacción entre los diferentes partidos que estaban en el poder. La conciliación en las ideas y en la composición del gobierno había surgido como necesidad y consecuencia revolucionaria. Los unionistas y los progresistas conservadores aceptaron la democracia y la extensión de derechos, aun considerando que el pueblo carecía de la educación política suficiente como para ejercer los derechos individuales respetando la ley. La inestabilidad política se tendría que compensar con un poder moderador, la monarquía constitucional. Los demócratas aceptaron la monarquía como accidental (Vilches, 2001:81).
A este nuevo sistema le faltaba una pieza imprescindible, si era una monarquía ¿a quién había elegir como rey? Prim, Sagasta y los progresistas estaban convencidos de que la forma monárquica resultaba indispensable para la estabilidad del país (Ollero, 2006). La búsqueda de un Rey fue complicada por las diferencias que había dentro de la coalición de gobierno, pero al final se decantaron por nombrar rey a Amadeo de Saboya, que llegó a España a finales de 1870, justo cuando el general Prim, el político principal de la revolución, moría a causa de un atentado. La llegada del nuevo rey venía con dificultades porque no contaba con su principal valedor, y así fue.
La monarquía de Amadeo de Saboya
(1871-1873) se caracterizó por la división entre los miembros de la coalición
de septiembre, especialmente dentro del Partido Progresista, que sufrió
una escisión entre los seguidores de Sagasta y los de Ruiz Zorrilla.
Sagasta, que repudiará el apelativo “conservador”, nombrará a su grupo
“constitucional” en las elecciones de agosto de 1872, en defensa del espíritu y
de la letra de la Constitución de 1869 y su partido será el Partido
Constitucional, que se fusionaría con la Unión Liberal (Martínez,
1969:166). Por su parte, Ruiz Zorrilla se alió con los demócratas y
formó el Partido Radical. Estos partidos representarían la derecha y la
izquierda de este sistema, pero esto no se logró.
La animadversión entre Sagasta
y Zorrilla hizo imposible la lealtad institucional, a la vez de que este
último nunca mostró lealtad a la monarquía de Amadeo de Saboya. De
hecho, como el Rey vio que no gozaba de la simpatía de los radicales, llamó a Zorrilla
para que presidiera el gobierno en el verano de 1872. Sin embargo, este fue el
mayor error del monarca, lejos de afianzar la monarquía, el gobierno radical le
puso en una tesitura muy complicada: firmar el decreto de reorganización de la
artillería, un proyecto que provocaba mucho rechazo en el ejército. El Rey lo
firmó, pero inmediatamente renunció a la Corona.
La inestabilidad política, propiciada
por la división entre los progresistas, la tercera Guerra Carlista y la Guerra
de Cuba, unido a la poca lealtad de los radicales al Rey, hizo inviable la monarquía
democrática que crearon los revolucionarios de septiembre. La coalición que
hizo posible la revolución de 1868 se deshizo cuando le tocó gobernar. La
muerte del General Prim, unido a la división que existió dentro del Partido
Progresista hizo inviable la monarquía de Amadeo I. Además, los
radicales nunca fueron leales al rey ni cuando el monarca los llamó a gobierno
y esto allanó el camino para que se proclamara la República en 1873. Ésta tuvo
la misma duración que el reinado de Amadeo I y naufragó por las mismas
causas que lo hizo la monarquía: la división interna y la inestabilidad
política.
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